viernes, 22 de octubre de 2010

Clave de Sol

Se subió al pentagrama y comenzó a caminarlo, a recorrerlo. Pero no fue hasta que comprendió sus silencios que Solfeo acudió a su encuentro. Este le dió la bienvenida y le otorgó el regalo del sonido. En malas manos, le dijo, puede ser terrible. Sin embargo, si se usa el corazón entonces se volverá algo mágico… y conocerás aquello que en palabras recibe el nombre de Música.

Nuestro héroe no pronunció palabra alguna. Se limitó a observar y seguir paseando, entre círculos flotantes. En algunos casos se detenía y los golpeaba despacito, pero todo seguía igual. Levanto uno en el aire, lo dio vueltas y nada sucedió. Volvió a hacerlo, esta vez más alto pero tampoco hubo respuesta. Con una notable molestia en su rostro volvió a intentarlo, buscando llegar al cielo mismo y tocar las nubes inalcanzables.

Pero algo salió mal. La pequeña esfera vacía salió disparada al techo del mundo, llegó al algodón que corta el infinito celeste y lo traspasó como la nada misma perdiendose en el tiempo. Ahora era momento de esperar que vuelva. Y Solfeo sonreía, tocado por la ternura que le causaba la situación.  

Y de repente un punto oscuro se cortó a lo alto. La pequeña esfera volvía de un largo viaje. Y nuestro héroe se preparó para atajarla, sin embargo el objeto en cuestión había alcanzado una velocidad sin igual y se dirigía de manera cortante y terrible hacia el suelo.

No hubo caso. Por más que lo intentó, le fue imposible atajar semejante tono y este explotó contra el pentagrama. Nuestro héroe cayó hacia atrás tapándose la cara del susto. Al abrir los ojos encontró un jirón de lineas que anteriormente habían tenido forma redonda. Se acercó, las levanto y comenzó a jugar.

De una enredadera repleta de movimientos espiralados, comenzó a transformarse bajo las manos de un concentrado héroe una letra G. No convencido aún de haber completado su obra, continuó retorciendo las lineas y las convirtió en una letra S. Algo faltaba y decidió unir las formas, encontrando así, después de mucho esfuerzo, una delicada pieza que unía sus dos ideas primarias, dos letras que formaban una.

Y fue como Solfeo transformó su sonrisa en lágrimas de emoción.

Canta ahora, héroe, que el mundo escuche tu melodía.

lunes, 7 de diciembre de 2009

El Hombre de las Mil Tormentas

Esa madrugada de Julio estuvo marcada por dos acontecimientos fuera de lo común. Primero, la gran tormenta, esa terrible furia que los cielos desataron en medio de la noche, tapando la luna y las estrellas, llevándose todo el pueblo de Funes con sus huracanados vientos y sus lluvias imparables.

El otro acontecimiento (aunque contemporáneo al primero), comenzó a gestarse ocho meses antes del diluvio de Julio.

¿Cómo llegó a refugiarse ella en el viejo molino?, nadie lo sabia. ¿De qué escapaba? nadie estaba enterado. Lo cierto era que huyendo de un gran mal, o quizás de la misma tormenta, Doña Rosa se metió bajo los cobertizos de paja y allí se escondió. La noche llegó a su plenitud y antes de que la luna pudiese asomar su rostro, las nubes todo lo ocultaron. Allí, la única persona que había llegado después de las sirenas de alarma, se enfrentó con la ira de dios. La noche se volvió carmesí y el polvillo comenzó a elevarse en los caminos de tierra. Los carteles se balanceaban de izquierda a derecha hasta caer en el suelo para ser arrastrados y perderse en algún lado. Y de más está decir que Doña Rosa, en su vientre, llevaba un niño.

No quedaba más techo. Las enormes aspas ya habian sido destruidas y Doña Rosa, prácticamente ahogada en un barrial de escombros y suciedad, vio a la muerte cara a cara. Le rogó por misericordia pero esta ni sabia cual era el significado de tal palabra. Le imploró, en su último aliento de vida, que tomara la suya y no la de su hijo, la cual era inocente. Y de repente, la tormenta desapareció.

Horas más tardes encontraron a Doña Rosa. Aún con vida, solo tuvo fuerzas para pronunciar un nombre, el mismo con el cual llamaron a su hijo, al cual salvaron aquel día. Sin embargo, con ese último suspiro, la muerte había cobrado lo que le correspondía.

Aquí comienza la historia de Amador, después llamado Amador Amilcar Suarez, el hombre de las mil tormentas.

jueves, 18 de junio de 2009

Sopa de letras

En mi vida he escrito una gran cantidad de textos. Algunos con sentido y otros sin, guardados quien sabe donde, quizás en cajas o ya devorados por el tiempo. Muchos ensayos, con dirección y conclusión y otros directamente inconclusos. Cuentos de fantasía con personajes asombrosos e historias de aventuras en lugares desconocidos destinados a ser encontrados solamente por mi mente. Papeles y servilletas llenos de extraños garabatos con la intención de convertirse algún día en la idea cuna de una gran obra maestra. Carpetas y cuadernos con dibujos y composiciones, reflejos de mi alma y crónicas de vida donde se cuentan tanto tristezas como alegrías. O quizás este blog, lleno de párrafos que no siguen una dialéctica marcada, una línea de composición o una trama en particular.

Tanta información, tanto derroche de creatividad, porque no es nada fácil despertarse en medio de la noche, agarrar lo primero que uno encuentre a mano y empezar a escribir. A veces las ideas fluyen, otras no.

Y todo lo que uno lee, todo de lo que uno aprende y asimila, esta compuesto nada mas que por una extraña combinación de letras. 26, para ser más exactos, que forman el abecedario y que dan libertad absoluta para que sensaciones y pensamientos queden registrados, ya sea en una una pantalla, una pared o una hoja.

Para explicar el horrible sentimiento de impotencia y odio que tengo hacia la rutina, solo necesito ubicar una cierta cantidad de letras en su correspondiente lugar. Con esos caracteres, de la A a la Z puedo, de la misma manera, detallar la felicidad que me genera estar enamorado. Si quiero crear una bestia de gigantes proporciones y maldad absoluta solo necesito ponerle un nombre, elegir los grafemas y listo, ya existe.

Es, simplemente, mágico.

viernes, 12 de junio de 2009

Una segunda autoevaluación


Si estallo en una carcajada entonces el frunce el ceño. Si mis ojos se hunden en lágrimas el sonrie de costado. Un angel, un demonio.

Hay que tener cuidado, mi otro yo puede ser traicionero.

lunes, 11 de mayo de 2009

El equilibro del fin

Es verdad, las reglas de la vida existen. Lamento informarles a todos aquellos anarquistas que creen ser libres de ir por ahí haciendo y diciendo lo que les plazca, que hay normas y fundamentos ineludibles que nos atan a una línea de conducta, por más extraño que suene. Son axiomas que mantienen al mundo funcionando, ya sea visible o invisiblemente, y sostienen el equilibrio de la balanza.

Sin que uno lo sepa, somos parte de un todo. Individualistas o no, el egoísmo que funciona como motor incluso de nuestros sentimientos y actos más altruistas y/o solidarios pertenece a la historia que debería y será contada. Aquí nadie decide, aunque cree hacerlo.

Pero no tiene sentido explicar más este punto, no sino puedo demostrarlo. Y lo lindo es que, esta vez, puedo hacerlo.

A continuación revelaré párrafos de esas reglas divinas. Extractos de filosofía universal que no se puede ver ni tocar. Como llegaron a mí, no importa. De todas formas, nadie me tomará en serio y por ende no corro peligro alguno. Suerte tengo si alguien incluso lee mis palabras.

Y dice así:

XZII (2) / En la vida que se conoce como tal, no hay destino. El fin es y será el mismo para todos. Aquellos que vean la luz comenzarán un camino cuyo final está escrito en estas reglas y aquí se denomina como La Muerte (Muer-t´e). Para todos, sin excepción alguna, ella llegará. Que cada individuo luche por como quiere encontrarla, pero una vez llegada, no hay nada más.

XZII (3) / Para aquellos individuos que supieron construir su camino dejando una enseñanza, ya sea para el bien o para el mal, habrá una compensación. Y aunque no escaparán a la muerte, su imagen continuará en la memoria de aquellos que aun conservan de forma constructiva o destructiva su legado.

XZII (4) / La duración en la memoria colectiva de las sociedades y culturas no se extenderá más de lo que estas decidan por si mismas. Dicho en las reglas y constituidas como tal, la línea de la vida puede ser curvada por los mismos que la componen. Sin embargo y aunque pueden tomarse diferentes caminos, el final seguirá siendo el mismo.

XZII (5) / Las normas y fundamentos aquí explicados no están exentos de individuos rebeldes y renegados. Ellos viven gracias a estas verdades. Buscarán la revolución de las ideas. Todos ellos entenderán llegado su momento que al final solo espera la muerte.

XZII (6) / Aprovechad el tiempo en vida. No temed a la muerte a la cual no se puede vencer. Dejad una enseñanza, dejad un legado y una memoria. El tiempo es, un regalo.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Thurmekhalaâbar


Dicen las malas lenguas que para llegar hasta Thurmekhalaâbar no es necesario conocer el camino, ni la dirección ni el lugar. Cuentan las historias que tan solo hace falta con encontrarse una noche en el cause de dos arroyos, a la luz de la luna y en un día de primavera. Si las condiciones están dadas entonces en el árbol más alto un cuervo se posará y graznará, pidiendo ser seguido.

Es la única manera, dicen, de llegar hasta la Ciudad donde se encuentra el más grande y antiguo mercado de almas que jamás haya existido. Allí, comandado por un tirano y perverso señor, se encuentra en el fondo de un valle desértico miles y miles de casas labradas en la propia roca. Iglesias de santas y demoníacas deidades conviven en paz y las pequeñas casas de bajos techos albergan personas de pasados oscuros.

En el medio de Thurmekhalaâbar (también llamada "El Terrario de la Codicia") se levanta todos los días del año un gran y extenso mercado. Sus tiendas de lino y seda aguantan los calurosos vientos de primavera y otoño, ofreciendo sus servicios a todos los viajeros que hasta allí lograron llegar.

Y no es un lugar cualquiera. En este sitio, regido por la avaricia y la ambición, luchan las necesidades más extrañas de la tierra. Como si fuese un pacto entre el bien y el mal, solamente allí puede la gente lucrar con aquello que nadie puede ver o tocar.

Angostos pasillos de adoquines se cruzan por doquier. La gente, sucia y cansada vaga con las manos repletas de monedas de oro, plata o cualquier otra cosa que sirva de material de pago o trueque.

En Thurmekhalaâbar y con un pequeño morral que contenía mi más grande tesoro, fui en búsqueda de una cura a mi mal de amores. Y admito que fue mi perdición ya que en ese profundo lugar encontré, después de mucho buscar, ni más ni menos que una nueva pena que pudriría mi corazón para el resto de mi eternidad.

lunes, 4 de mayo de 2009

Paciencia

¿Qué mirás?

Porque la paciencia es mi aliada y en la enciclopedia de mi vida, no amar jamás significará la guerra.