jueves 18 de junio de 2009

Sopa de letras

En mi vida he escrito una gran cantidad de textos. Algunos con sentido y otros sin, guardados quien sabe donde, quizás en cajas o ya devorados por el tiempo. Muchos ensayos, con dirección y conclusión y otros directamente inconclusos. Cuentos de fantasía con personajes asombrosos e historias de aventuras en lugares desconocidos destinados a ser encontrados solamente por mi mente. Papeles y servilletas llenos de extraños garabatos con la intención de convertirse algún día en la idea cuna de una gran obra maestra. Carpetas y cuadernos con dibujos y composiciones, reflejos de mi alma y crónicas de vida donde se cuentan tanto tristezas como alegrías. O quizás este blog, lleno de párrafos que no siguen una dialéctica marcada, una línea de composición o una trama en particular.

Tanta información, tanto derroche de creatividad, porque no es nada fácil despertarse en medio de la noche, agarrar lo primero que uno encuentre a mano y empezar a escribir. A veces las ideas fluyen, otras no.

Y todo lo que uno lee, todo de lo que uno aprende y asimila, esta compuesto nada mas que por una extraña combinación de letras. 26, para ser más exactos, que forman el abecedario y que dan libertad absoluta para que sensaciones y pensamientos queden registrados, ya sea en una una pantalla, una pared o una hoja.

Para explicar el horrible sentimiento de impotencia y odio que tengo hacia la rutina, solo necesito ubicar una cierta cantidad de letras en su correspondiente lugar. Con esos caracteres, de la A a la Z puedo, de la misma manera, detallar la felicidad que me genera estar enamorado. Si quiero crear una bestia de gigantes proporciones y maldad absoluta solo necesito ponerle un nombre, elegir los grafemas y listo, ya existe.

Es, simplemente, mágico.

viernes 12 de junio de 2009

Una segunda autoevaluación


Si estallo en una carcajada entonces el frunce el ceño. Si mis ojos se hunden en lágrimas el sonrie de costado. Un angel, un demonio.

Hay que tener cuidado, mi otro yo puede ser traicionero.

lunes 11 de mayo de 2009

El equilibro del fin

Es verdad, las reglas de la vida existen. Lamento informarles a todos aquellos anarquistas que creen ser libres de ir por ahí haciendo y diciendo lo que les plazca, que hay normas y fundamentos ineludibles que nos atan a una línea de conducta, por más extraño que suene. Son axiomas que mantienen al mundo funcionando, ya sea visible o invisiblemente, y sostienen el equilibrio de la balanza.

Sin que uno lo sepa, somos parte de un todo. Individualistas o no, el egoísmo que funciona como motor incluso de nuestros sentimientos y actos más altruistas y/o solidarios pertenece a la historia que debería y será contada. Aquí nadie decide, aunque cree hacerlo.

Pero no tiene sentido explicar más este punto, no sino puedo demostrarlo. Y lo lindo es que, esta vez, puedo hacerlo.

A continuación revelaré párrafos de esas reglas divinas. Extractos de filosofía universal que no se puede ver ni tocar. Como llegaron a mí, no importa. De todas formas, nadie me tomará en serio y por ende no corro peligro alguno. Suerte tengo si alguien incluso lee mis palabras.

Y dice así:

XZII (2) / En la vida que se conoce como tal, no hay destino. El fin es y será el mismo para todos. Aquellos que vean la luz comenzarán un camino cuyo final está escrito en estas reglas y aquí se denomina como La Muerte (Muer-t´e). Para todos, sin excepción alguna, ella llegará. Que cada individuo luche por como quiere encontrarla, pero una vez llegada, no hay nada más.

XZII (3) / Para aquellos individuos que supieron construir su camino dejando una enseñanza, ya sea para el bien o para el mal, habrá una compensación. Y aunque no escaparán a la muerte, su imagen continuará en la memoria de aquellos que aun conservan de forma constructiva o destructiva su legado.

XZII (4) / La duración en la memoria colectiva de las sociedades y culturas no se extenderá más de lo que estas decidan por si mismas. Dicho en las reglas y constituidas como tal, la línea de la vida puede ser curvada por los mismos que la componen. Sin embargo y aunque pueden tomarse diferentes caminos, el final seguirá siendo el mismo.

XZII (5) / Las normas y fundamentos aquí explicados no están exentos de individuos rebeldes y renegados. Ellos viven gracias a estas verdades. Buscarán la revolución de las ideas. Todos ellos entenderán llegado su momento que al final solo espera la muerte.

XZII (6) / Aprovechad el tiempo en vida. No temed a la muerte a la cual no se puede vencer. Dejad una enseñanza, dejad un legado y una memoria. El tiempo es, un regalo.

miércoles 6 de mayo de 2009

Thurmekhalaâbar


Dicen las malas lenguas que para llegar hasta Thurmekhalaâbar no es necesario conocer el camino, ni la dirección ni el lugar. Cuentan las historias que tan solo hace falta con encontrarse una noche en el cause de dos arroyos, a la luz de la luna y en un día de primavera. Si las condiciones están dadas entonces en el árbol más alto un cuervo se posará y graznará, pidiendo ser seguido.

Es la única manera, dicen, de llegar hasta la Ciudad donde se encuentra el más grande y antiguo mercado de almas que jamás haya existido. Allí, comandado por un tirano y perverso señor, se encuentra en el fondo de un valle desértico miles y miles de casas labradas en la propia roca. Iglesias de santas y demoníacas deidades conviven en paz y las pequeñas casas de bajos techos albergan personas de pasados oscuros.

En el medio de Thurmekhalaâbar (también llamada "El Terrario de la Codicia") se levanta todos los días del año un gran y extenso mercado. Sus tiendas de lino y seda aguantan los calurosos vientos de primavera y otoño, ofreciendo sus servicios a todos los viajeros que hasta allí lograron llegar.

Y no es un lugar cualquiera. En este sitio, regido por la avaricia y la ambición, luchan las necesidades más extrañas de la tierra. Como si fuese un pacto entre el bien y el mal, solamente allí puede la gente lucrar con aquello que nadie puede ver o tocar.

Angostos pasillos de adoquines se cruzan por doquier. La gente, sucia y cansada vaga con las manos repletas de monedas de oro, plata o cualquier otra cosa que sirva de material de pago o trueque.

En Thurmekhalaâbar y con un pequeño morral que contenía mi más grande tesoro, fui en búsqueda de una cura a mi mal de amores. Y admito que fue mi perdición ya que en ese profundo lugar encontré, después de mucho buscar, ni más ni menos que una nueva pena que pudriría mi corazón para el resto de mi eternidad.

lunes 4 de mayo de 2009

Paciencia

¿Qué mirás?

Porque la paciencia es mi aliada y en la enciclopedia de mi vida, no amar jamás significará la guerra.

martes 28 de abril de 2009

Diálogos a la vera del arroyo

En el día número doscientosnoventaynueve del solsticio primero del decimosegundo mes del año setescientoscuatro antes de la caída llegué casi por casualidad al cruce de dos caminos. Mejor dicho, fue una absoluta coincidencia ya que no tenía plan alguno de estar parado en ese preciso lugar en ese exacto momento. Haber decidido ir a la izquierda o a la derecha, realmente no había pasado por mi cabeza hasta entonces.

Dubitativo en el lugar, preferí tomarme el debido tiempo para pensar y decidí sentarme y desayunar tranquilo. El día era hermoso y soleado, cielo azul turquesa y una leve brisa de primavera. Me senté bajo la copa de un gran árbol abovedado de quien sabe cuantos siglos de vida. Saqué de mi mochila unas galletas y me recosté contra el tronco determinado a descansar y pensar.

Recuerdo entonces que no iba por la segunda galleta cuando algo perturbó mi meditar. Desde lo profundo de uno de los caminos, metiéndose por un sendero cubierto de árboles, se escuchaba un lejano pero claro llanto. No pude sentirme ajeno, hacia mucho tiempo que no veía ni hablaba con nadie. Tomé mis cosas y con cautela tomé el camino de la derecha.

A medida que me adentraba, el sollozo se hacía más evidente. No debí caminar mucho para encontrarme de pie y levemente escondido, totalmente sorprendido al ver a una joven belleza, de dorados cabellos y totalmente desnuda, sufriendo sobre una roca al costado de un cristalino arroyo.

Extrema debe haber sido su tristeza ya que no advirtió mi presencia. Dando un paso hacia adelante y cubriendo mi cara para no tentarme, pregunté:

- Discúlpeme, pero desde lejos que oigo sus lamentos, ¿es que acaso hay algún problema?

Ella se sorprendió al verme y corrió rápidamente hasta una pequeña pila re ropa. Levantó un camisón y se ocultó detrás de una piedra.

- No era mi intención interrumpirla, dije, pero simplemente vine a ver si alguien necesitaba ayuda. Ya es hora de que siga mi camino...

- No! me respondió mientras aparecía nuevamente, vestida. Si es ayuda la que me ofreces, entonces la acepto. Me haría bien un oído compañero.

Y nos sentamos sobre la misma roca en la cual la había descubierto. Me miró fijo y noté que detrás de su hermosura había escondida una terrible depresión..

- ¿Que sucede?

- ¿Alguna vez has cometido errores? me preguntó

- Muchas veces, le respondí.

- ¿Y te han perdonado? ¿Puedes vivir con el peso de...

Interrumpí. No entendía.

- He traicionado, me dijo. He clavado un puñal en la espalda de aquellos quienes confiaban en mí. He envenenado sus oídos con palabras de serpiente y por eso pago mi condena. Pero... pero... jamás fue mi intención. Jamás lo planeé, no fue a propósito. Y simplemente intenté navegar en una tormenta, tomando decisiones extremas en momentos extremos... pero he cometido terribles errores y por eso la indiferencia tocó a mis puertas.

- Lo siento. fue lo único que se me ocurrió decir.

- Es que ya no está en mi. No tuve derecho a réplica ni perdón. Dime, si alguien traiciona sin saberlo y se da cuenta cuando es demasiado tarde... ¿es acaso culpable? Juro que no fue con intención malvada. Mi corazón jamás se oscureció hasta darse cuenta de lo que había hecho... Ensucié mis manos sin saberlo y por tal acto se me niega un perdón. ¿No puede uno aprender de sus errores?

Era verdad. Aquella a quien acusaban ahora me enseñaba sobre la misericordia.

...

martes 21 de abril de 2009

Erés tú, dijo.

Grandes columnas de marmol blanco se levantaban a mi paso. Escalones y escalones subian la montaña, grandes cuencos de aceite encendido iluminaban el camino. Ese día se me ocurrió pasear por los panteones de los dioses.

No era mi costumbre visitarlos, y ellos se sorprendieron al verme. Señores de incontables deidades se enteraron de mi presencia. Algunos de ellos sonrieron, otros, maldicieron. Y claro, no con todos mantenia la mejor relación, sin embargo, ninguno de ellos ni siqueira el más poderoso podia imperdirme avanzar.

Bajo los cielos y las nubes, mujeres exhuberantes de finas curvas y larguísimos cabellos salian a mi encuentro. Traian consigo canastas llenas de manjares, muchos desconocidos por paladares mortales. Desde dátiles hasta las uvas mas jugosas, pasteles, quesos, dulces y vinos. Lo que deseara para satisfacer mis antojos.

No fuí con intenciones de llenar mis necesidades asi que amablemente rechazé las hembras y sus tentaciones. Me abrí paso entre los niños y continúe subiendo escaleras.

- Eres tú, dijo una voz.

Me di vuelta y observé con cuidado. De una gran puerta abovedada salió un hombre de largos pelos grises por el tiempo. Su nombre era Kir Kahel y su dias habian terminado hace incontables siglos.

- Soy yo y sabes a que vengo, contesté, no te interpongas en mi camino puesto que lo que me trae de nada te incumbe anciano.

Me di vuelta y me preparé para continuar, pero me interrumpió.

- Eres necio. A quien buscas aquí jamás encontrarás. No se atreve a entrar.


¿Decia acaso la verdad? De seguro que si, no habia dudas... pero notó la duda en mi cara.

- ¿A dónde debo ir entonces, compañero?


- Tu compañero no soy ni jamás lo seré. La respuesta te brindaré, y no de amable que soy. Pero recuerda que estarás en deuda conmigo.


- Que asi sea...


- En las profundidades de la tierra, allí donde no llega ni el sol ni la esperanza, en el último círculo de nuestros miedos, charlan ellos dos. Negocian vidas. Él se las pide, el otro se las consigue. Ya sabes de que hablo...


Con un discreto movimiento de mi cabeza dí las gracias y me dispuse a volver.